En las aguas del Jordán, Jesús —sin necesidad de purificación— se sumerge solidario con la humanidad, santificando las aguas y anticipando el misterio pascual. El cielo se abre, el Espíritu Santo desciende en forma de paloma y la voz del Padre proclama:
Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». Se manifiesta así, de manera clara, el misterio trinitario y la identidad divina del Hijo.
Litúrgicamente, esta fiesta nos recuerda nuestro propio bautismo: el día en que fuimos incorporados a Cristo, hechos hijos de Dios y miembros vivos de la Iglesia. Hoy, la liturgia nos invita a renovar esa gracia primera, a vivir como bautizados y a caminar, con fidelidad y humildad, tras los pasos del Señor.
🖼️- El bautismo de Cristo, Murillo, 1667.


